Entre viales, jeringas, algodón y emociones, apostadas en territorios bajo alarma epidemiológica y sanitaria, un grupo de enfermeras revelan qué sienten al ser una pieza clave de la campaña de inmunización.

Vacunadores y vacunadoras: Otra historia que contar

A diario, durante horas que por momentos se vuelven interminables, entre viales, jeringas, algodón y emociones que van del llanto al baile, pero sobre todo apostadas en territorios bajo alarma epidemiológica y sanitaria, un grupo de enfermeras profesionales o que van camino a serlo, revelan pormenores de su labor y qué sienten al ser una pieza clave de la campaña pública de inmunización que llevan adelante la Provincia y la Ciudad de Buenos Aires.

• Mónica Lunaza Duré y Griselda Vázquez

"Al principio yo particularmente sentí mucho miedo", admite Mónica Luzana Duré, quien trabaja hace cinco años en el Hospital Santamarina, hace tres en el área de guardia pediátrica y este año se sumó a la vacunación. "Ahora no tanto porque con la vacuna nos sentimos más protegidos".

En el vacunatorio hay tres enfermeras a cargo de las aplicaciones. "Estamos en una carpa en frente del hospital, en el estacionamiento. Cuando llegan se les hace una encuesta breve, después pasan a otro sector donde están unos sillones, respondemos a sus preguntas y después los vacunamos. Luego esperan el tiempo prudencial y se van", explica, por su parte, Griselda Vázquez, colega de Mónica en las tareas de inmunización.

La carga horaria en los vacunatorios en general es extensa. Ingresan a las 7 de la mañana y finalizan a las 18, jornada que a veces se extiende por tareas administrativas.

"Generalmente tenemos 200 turnos", continua Griselda. "Pero la semana pasada hubo 400 por día de la segunda dosis y de la primera, 200. Por suerte están viniendo todos, faltan muy poquitos". Hasta el momento hay vacunadas 8.200 personas en el distrito.

Ambas coinciden en sentir orgullo por estar siendo parte de la campaña. "Para mí es un inmenso placer poder estar vacunando, me genera mucha satisfacción. Trabajamos en equipo y hacemos que la gente se vaya contenta", agrega Mónica.

• Florencia Villaverde

Florencia Villaverde (27 años) es oriunda de San Francisco Solano y estudió Enfermería en la Universidad de Nacional de Avellaneda. En febrero, cuando comenzó la campaña de vacunación, trabajó en la Escuela N° 11 y luego fue trasladada, junto a su equipo, a la posta de la Sociedad Italiana, de Adrogué, en Almirante Brown, municipio que lleva aplicadas 115.636 dosis.

En diálogo con Télam, Florencia señala que "el momento en que llegaron las vacunas fue muy emocionante". Y dice al respecto que, "durante las semanas anteriores, estuvimos reuniéndonos en equipos, planificando cómo íbamos a organizar la posta y faltaba lo más importante, que eran las vacunas, sabíamos que estaban prontas a llegar. El día que llegaron fue una emoción enorme: saber que era como el principio de que esto en algún momento tenga un final".

Cuenta Florencia que su familia "está muy orgullosa" por su desempeño en la campaña pública de inmunización que llevan adelante los Estados nacional y provinciales. "Mi hija -agrega- siempre cuenta cuando está en clase que yo estoy vacunando, que estoy cuidando" a la población.

• Mónica Piñel

En la posta de Bolívar, que tiene lugar en el centro deportivo llamado Complejo de la República de Venezuela, hay 30 enfermeras: 10 profesionales y, el resto, estudiantes de Enfermería de tercer año. Entre las primeras, se encuentra Mónica Piñel, de 52 años, quien también es una de las coordinadoras del vacunatorio.

Al igual que en otras postas, en el complejo se vacunan 200 personas por día y hasta el momento hay 9.222 vacunados. Sin embargo, no sólo atienden a las personas en el vacunatorio, sino también se trasladan a pueblos cercanos o van a domicilios particulares para aplicar la vacuna.

Para Mónica, al igual que para las demás entrevistadas por Télam, algo que llamó especialmente su atención fue el agradecimiento de las personas que se acercan a vacunarse.

"Hemos tenido una abuela en silla de ruedas que entró aplaudiendo con un cartel inmenso, felicitándonos por el trabajo que hacemos. La gente nos lleva facturas, caramelos, nos agradece por la atención. Es como que les estamos dando vida y ellos nos agradecen de esa forma. Hay gente que llora por recibir su primera vacuna: los que están aislados, los abuelos que hace más de un año que están en aislamiento. El reconocimiento de la gente es lo que nos llena, el motor del día a día", relata Mónica.

Además, su familia le recuerda el rol que está cumpliendo. "Los otros días mi nieta me decía: 'Abuela, vos pensá que en un momento yo voy a poder contar o vos vas a poder contar que cuando fue la pandemia estuviste ligada a todo esto'".

• Zulma Guerrero Leguizamón

Donde hubo muerte hay vida. Con más de tres décadas de profesión, Zulma Guerrero Leguizamón es una de las 10 vacunadoras de la posta sanitaria emplazada en el Polideportivo Gorki Grana, del Municipio de Morón, en cuyo predio se encuentra además la Mansión Seré, un centro clandestino de detención de la última dictadura cívico militar.

En su faena cotidiana, a Zulma le tocó vivir una experiencia inédita, que todavía la conmueve: vacunó a un hombre que había estado detenido en aquel centro clandestino, hace 45 años, y quien solo luego de un buen rato, producto de la contención de esta enfermera, logró detener el llanto que lo había tomado por asalto.

"Para nosotros -dice Zulma en otro pasaje de la entrevista con Télam-, es muy importante la (campaña de vacunación) porque ya al decir 'pandemia' se iba mucho más allá de lo que por ahí uno pudo haber vivido en su historia de trabajo. A mí me pasó que viví la epidemia del 92, del 2009, el cólera y la gripe A. Pero eran otras épocas: de repente no contábamos con un montón de elementos para cuidarnos, no había tanta comunicación, no había tanta biotecnología y hoy sí".

La Municipalidad de Morón está cerca de alcanzar los 19.000 vacunados. En el Polideportivo Gorki Grana, las enfermeras vacunan a 200 personas por día, llegando, en ocasiones, a las 400.

• María Pachado

"Con la llegada de la vacuna -contra el Covid-19- se vislumbra una gran esperanza", .señala María Pachado, jefa del vacunatorio integrado del Hospital de Clínicas, donde se desempeña desde hace 20 años como enfermera y docente.

Los días de María transcurren dentro del vacunatorio del edificio ubicado al 2351 de la Avenida porteña Córdoba, pero su pasión por la profesión se remonta a sus 14 años, cuando animada por su "tía Blanquita", a quien considera su "guía y motivadora", decidió que iba a ser enfermera.

El equipo de trabajo de Pachado está conformado por inmunizadores capacitados con el curso Programa Ampliado en Inmunizaciones (PAI), administrativas y médicos, con funciones específicas y estratégicas, lo cual "facilita la dinámica de trabajo", puntualiza.

"Con la llegada de las primeras vacunas y su distribución en los centros de salud, tuve la oportunidad de hacer algo para cambiar el curso de la enfermedad, por lo menos en algunas miles de personas", enfatiza.

Son muchas las anécdotas con personas vacunadas que conmueven a María, entre ellas la que experimentó el día que vacunó a un médico: "Él me dijo que estaba muy feliz y una vez terminado el procedimiento me miró a los ojos y me dijo: 'No tenés idea lo que siento, me salvaste la vida'".

Télam

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